Sus vasijas, sus cántaros, cómales, adornos y una variedad de artesanías llevan el sello de las mujeres oriundas de Ojojana, un pintoresco poblado de unos 10 mil habitantes, enclavado en la zona central de Honduras y fundado en 1579 por mineros españoles.
Ojojona está ubicado a 34 kilómetros de Tegucigalpa, la capital hondureña y, en uno de sus caseríos denominado Guerisne, las mujeres se dedican a la alfarería como obligación suprema para forjar sus vidas y las de sus familias.
De Guerisne bajaron hasta la feria navideña de Ojojona María Antonila Hernández, un mujer de 55 años, madre de 10 hijos (dos fallecidos); Irma Rosario Martínez de 43 años, madre de cinco hijos y María Marcilia Cruz Martínez de 47 años, madre de 10 hijos.
Estas tres mujeres se acompañan en su puesto común de ventas navideñas en la fiesta de temporada en su natal Ojojona. Aparte de su negocio ellas comparten sueños y esperanzas que forjan a través de moldear el barro.
![]() | Son mujeres que se han ganado sus vidas a través de la alfarería y tienen en común la tradición que las tres heredaron de sus abuelos y de sus padres. María Antolina dialoga con Proceso Digital y cuenta como ella se crió trabajando el barro. “Trabajar el barro es un don de Dios, es un regalo del padre, siempre puedo llevar algo para mis hijos, aunque hay tiempos malos y no es fácil” manifestó. |
Irma Rosario cuenta que el trabajo del barro es un patrimonio de familia. “No solo heredé el oficio de mi madre sino que ahora dos de mis hijos se dedican a moldearlo conmigo” explicó para agregar que su compañero también colabora para mantener la casa. Él labra la tierra y apoya la economía familiar.
María Marcilia ha tenido que sacar adelante a sus 10 hijos sola, ella es madre y padre en la casa. En sus años mozos, explica, que su esfuerzo servia para contribuir a mantener a sus hermanos que también eran numerosos y siendo ella la mayor debió contribuir en la manutención de la casa.
Estas tres mujeres reflejan en sus rostros y en sus cuerpos las dificultades que han tenido que vencer frente a la vida. Pese a ello mantienen%26nbsp; sonrisas amables y sus voces pausadas y tranquilas reflejan el encuentro de sus vidas con un quehacer que parecen disfrutar plenamente.
Decenas de turistas han llegado durante la feria a Ojojona y ellas dicen que las ventas les han favorecido. Tienen la esperanza que otros las visiten para buscar sus piezas de barro.
Su modesto puesto cuenta piezas decorativas de la temporada y artesanías diversas. En todos sus objetos predominan los tonos naturales del barro con la pureza original y con discretos brillos.
María Antonolina comenta que han recibido capacitaciones para realizar sus obras más elaboradas y llenas de color pero ella dice que los precios de las pinturas son altos y que al final prefieren realizar su trabajo tal y como lo aprendieron de sus abuelos. Sus vidas transcurren sin atención gubernamental. Ellas tampoco centran sus esperanzas en gobiernos que van y que vienen y que probablemente, nos dicen, en medio de sonrisas que más parecen reclamos que nadie escucha, seguirán pasando del mismo modo. | ![]() |
Las mujeres hondureñas de origen campesino y en situación de pobreza extrema son en su mayoría las que se mantienen ligadas al trabajo del barro.
En Honduras la alfarería tiene sus orígenes en la cultura maya. En la actualidad las mujeres lencas siguen trabajándolo. La zona occidental, centro y sur de Honduras reflejan diversos estilos de trabajos realizados en arcilla.
Los trabajos de las mujeres de Ojojona tienen similitud con el que desde Antes de Cristo realizaban los israelitas, especialmente la tribu de Judá que elaboraba sus vasijas para su rey.
La tradición alfarera hondureña se mantiene y en Ojojona pese a la llegada de técnicas y colores que buscan crear productos diferentes, que hacen perder la originalidad de la tradición prehispánica, siempre se pueden encontrar piezas de una belleza autóctona.









