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Izquierda hondureña sobrevive y retiene cuatro diputados

Tegucigalpa.- La izquierda política hondureña, agrupada en el partido de la Unificación Democrática (UD), logró sobrevivir y mantenerse dentro del sistema de partidos políticos, al retener cuatro de las cinco diputaciones que había mantenido en el hemiciclo, pese a ser objeto de una sistemática campaña de desprestigio gestada por sus adversarios a lo interno, así como de los integrantes de la llamada resistencia zelayista. Tras la declaratoria oficial de las elecciones del pasado noviembre, donde el Tribunal Supremo Electoral (TSE) otorgó el triunfo de los comicios generales al Partido Nacional y a su candidato Porfirio Lobo, como nuevo gobernante de los hondureños, la balanza de los comicios no estuvo nada mal para la UD.
 

En el nivel presidencial, la Unificación Democrática logró sacar 36,420 sufragios y en el cociente electoral del partido, éste obtuvo cuatro diputaciones, entre las que destaca la del parlamentario Marvin Ponce, uno de los legisladores más críticos en el hemiciclo y militante activo de las filas de la resistencia zelayista.

Tras haber perdido cinco meses de campaña política por acuerpar los movimientos erráticos del depuesto Manuel Zelaya, quien estuvo a punto de sepultar la existencia de la UD, la dirigencia política reaccionó contrarreloj y en dos semanas intensificó su activismo que le permitió mantenerse como una opción de contrapeso en el Congreso, donde el dominio de los nacionalistas será categórico, al alcanzar 71 de las 128 curules.

Las cuatro diputaciones de la Unificación Democrática, junto al resto de diputados que sacaron la Democracia Cristiana y el Partido de Innovación y Unidad Social Demócrata (PINU/SD), pueden consolidar un bloque parlamentario incómodo al poder absoluto de los nacionalistas, como lo fue a inicios de los años ochenta, cuando diputados independientes jugaron un papel trascendental en el retorno democrático hondureño.

De acuerdo al TSE, en los comicios de hace casi un mes, participaron cerca de 2,3 millones de votantes. De éstos, el Partido Nacional se alzó con un poco más de 1,2 millones de votos; el Partido Liberal con 817,524 sufragios, el PINU con 39,960; la Democracia Cristiana con 38,413 y la UD con 36,420 sufragios.

La beligerancia de UD

En el caso de la UD, quien surge producto de los acuerdos políticos centroamericanos, al amparo del proceso de paz Esquipulas II, en la década del noventa, su rol en el Congreso Nacional ha sido muy valorado por gran parte de la ciudadanía, al denunciar y oponerse a acciones reñidas con la ley y la ética por parte de la directiva y sus compañeros de cámara.

La polémica diputada Doris Gutiérrez fue la primera en denunciar ese tráfico poco ético de parte de algunos de sus compañeros de cámara, que le valió la marginación de su bancada en el Congreso, pero permitió, a la vez, que esa sacudida exhibiera las acciones equivocadas de la UD, obligada ahora a replantearse sus fines, objetivos y estrategias.

Esa denuncia de Doris Gutiérrez, la tiene ahora como regidora electa a la alcaldía capitalina, donde compartirá decisiones con el actual alcalde reelecto, Ricardo Álvarez, cuyo triunfo en la capital fue también contundente.

Su hilo umbilical con el liberalismo
Previo y posterior a la crisis política del 28 de junio, que causó la destitución de Zelaya, el partido de Unificación Democrática se había convertido en un anexo de las filas del gobernante Partido Liberal, en especial del ala zelayista que encabeza el ex presidente Manuel Zelaya y su asesora incondicional, Patricia Rodas.

La cercanía con Rodas en los años ochenta, hizo que dirigentes como César Ham y Martín Pineda, entre otros, abdicaran a los deseos del llamado grupo de “los patricios” y del propio Zelaya, a tal grado que estuvieron a punto de desaparecer como institución política sino hubiesen participado en los comicios generales de noviembre.

La UD aspiraba a tener unos 10 diputados en el próximo Congreso, y quizá lo hubieran logrado, si su olfato político no anduviera tan errático al acompañar iniciativas de reforma necesarias, pero mal enfocadas y con fines de impunidad como las que impulsó el ex gobierno zelayista al pretender perpetuarse en el poder bajo la mascarada del abortado proyecto de la “cuarta urna”.


Al acercarse los comicios generales y constatar que sus posibilidades de salir de la escena política eran factibles, Unificación Democrática da un giro realista y anuncia que irá a elecciones porque el ingreso de la izquierda al sistema político de partidos no fue fácil, costó la vida de muchas personas y la lucha constante de otros tantos.

Mal paga el diablo…
Pero no había tardado el ex candidato presidencial y presidente de la UD, César Ham, en anunciar que irían a elecciones, cuando sus adversarios empezaron a denigrar al partido, acusándolos de traicionar a un “líder” como Manuel Zelaya, que nunca ha sido ni izquierdista ni reformador; todo lo contrario, el ex presidente Zelaya ha sido un hombre del poder y del conservadurismo liberal, acostumbrado a vivir bien.

La avalancha de críticas recibida por UD encontró eco también en la llamada resistencia zelayista, integrada por viejos militantes de la izquierda radical, que ante la primera oportunidad de ser opción política, claudicaron ante el desafío para seguir arengando en las calles.

La campaña contra la UD, sectaria y sin fundamento, no logró ni boicotear su participación ni el proceso electoral mismo, al contrario, elevó los niveles de legitimidad de las elecciones al reconocer la UD que fueron transparentes, con mucha afluencia de votantes y sin violencia.


La democracia electoral hondureña, al retener a la UD en el sistema político, consolidó la tradición de la cultura política que debe pasar del sufragio cada cuatro años, a estadios de mayor nivel participativo bajo nuevos mecanismos de elección.

En el Congreso Nacional, la UD ha anunciado que seguirá luchando por reformas constitucionales, pero su lucha no deberá ser sectaria ni equivocada como hasta ahora, está obligada a centrarse en propuestas viables, efectivas y creíbles en donde las banderas épicas de revoluciones por decreto y escritorio, no tienen cabida en una nación que busca conocer y vivir de cerca en el nuevo siglo y milenio.

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