Por: Otto Martin Wolf
Supongamos que un meteoro cae sobre la Tierra y convierte al planeta en “ground zero”.
Todas las ciudades son destruidas, apenas unos cuantos miles de seres humanos se salva en pequeños grupos aislados.
Todas las fuentes de energía están destruidas, todos los sistemas de comunicación, producción y organizaciones sociales desaparecen. Si alguien queda en lo que era Europa, no hay forma que sepa lo que ocurrió en América, Asia o ningún otro lugar. De sobra está decir que no hay radio, televisión, Internet ni ningún otro medio de comunicación.
Sólo se tiene conocimiento de lo que ocurre a distancia caminable o hasta donde alcanza la vista.
Matemáticas, escritura, leyes; todo se vuelve innecesario. Lo único que importa y tiene valor es la habilidad para cazar los pocos animales que se salvaron y colectar lo que la naturaleza aún estuviera en capacidad de producir en forma silvestre.
En poco tiempo estaríamos de regreso en las cavernas, tratando de sobrevivir de cualquier manera.
De nuevo visten con pieles y elaboran instrumentos de caza con piedras afiladas ya que es imposible producir hierro o ningún otro mineral duro.
La humanidad estaría de nuevo en el principio.
Pasados unos cuantos centenares de años las pocas ruinas que pudieron haber quedado son devoradas por la selva, no queda nada que recuerde el pasado esplendoroso de la Tierra.
Poco a poco grupos familiares se van uniendo, nacen las primeras tribus, apenas si se recuerda “la muerte que vino del cielo”, el lenguaje moderno ha desaparecido por completo, sólo se utiliza lo referente a la supervivencia, el resto del conocimiento es inútil; comer y protegerse de las fieras es lo único que importa.
Pasan los milenios y alguien “inventa” de nuevo la escritura, muy rudimentaria, ya que es innecesaria y, además, no hay papel ni lápiz, sólo cuero y piedra para anotar.
Qué cosas? Dibujos de animales indispensables para sobrevivir, quizá algunos signos tratando de llevar cuenta de los días y cambios en el clima a lo largo del año, algo necesario para iniciar un nuevo sistema agrícola.
Estamos en un futuro, que es igual al pasado.
Transcurre más tiempo y llegamos al momento de la primera organización social, una tribu fuerte da origen a la primera ciudad y, en unos cuantos miles de años más, a la primera civilización.
Y entonces, cuando apenas queda la leyenda de “la muerte que vino del cielo”, modificada mil veces por el tiempo y la ignorancia, alguien descubre un libro, uno que milagrosamente se salvó del cataclismo y logró preservarse intacto durante todos los milenios transcurridos.
Nadie entiende lo que dice ya que ese idioma es totalmente desconocido para los nuevos pobladores, ellos hablan otra cosa.
Algunos estudiosos dedican sus vidas a tratar de descifrar qué es aquello. Poco a poco, con gran esfuerzo, logran entender su contenido.
Cuál es este libro? Nada más ni menos que la edición en chino de “El Señor de los Anillos”. Todo lo que la nueva humanidad sabe sobre el pasado de la Tierra y la civilización se limita a lo escrito por Tolkien decenas de miles de años atrás, con el objeto de divertir a los amantes de las novelas místicas y de acción de otros tiempos.
Pero, los nuevos humanos, no saben nada de esto. En la obra se encuentra la explicación a la creación del Universo, los dioses que lo hicieron, la respuesta a todo. Para ellos Frodo fue un héroe real que, ayudado por los Elfos y otras criaturas fantásticas, magos y encantadores, luchó contra increíbles peligros para enfrentar a Saurón y salvar al hombre del mal.
Forzosamente ese libro es tomado como un mensaje divino; “la Comarca” como el lugar de origen de la humanidad y sus principios como las leyes que deben de prevalecer entre los hombres.
Una novela sería la “verdad suprema”, la explicación al objeto del ser humano en el mundo.
Los postulados de El Señor de los Anillos se convertirían en la palabra de dios, base de todas las religiones y J.R.R. Tolkien – el autor- en su profeta supremo – representante de dios y, lógicamente, el chino en el idioma “sagrado”.
El futuro -sin duda- puede ser igual al pasado.







